Me lo explicaron claramente.
Él, no quería.
Su padre había sido maletilla desde muy joven y, a base de mucho tiempo, había llegado a ser mozo de espadas de uno de los toreros más famosos del país del toreo.
La posición del padre, y los largos años de vida alrededor del coso, le habían facilitado tejer un entramado complejo de amistades, afectos y conveniencias.
Él, no quería.
Su padre, dentro de la más legítima aspiración que puede tener un buen padre, deseaba que Rafael llegara a ser lo que él nunca hubiese conseguido, pero si soñado. Sí, soñado, porque su vida entera era un sueño. Se veía, en Rafael, lidiando en Las Ventas, La Maestranza... en todas.
Pero él, él no quería.
Su padre, Manuel, puso todos los medios. En su pequeña casa, en el campo, aprovechando al máximo el mínimo espacio de que disponía, se hizo una pequeña plaza para tientas, a base de tablones de obra, palés y otros restos similares. Incluso, al principio, se hizo un toro con un carrito de la compra de un supermercado, eso sí, convenientemente relleno de papeles de periódicos, con noticias del toreo, y forrado con pieles de distintos animales. Tener una piel de toro hubiese sido su deseo.
Allí, en aquella desastrada plaza, recibió Rafael sus primeras lecciones, de la mano de su padre, y de gente de las plazas que venía a comer las migas que, con nivel de excelencia, preparaba su madre, Doña Remedios.
Rafael, mientras, no quería. Seguía con sus estudios. Así pasó la primaria, secundaria, bachillerato... universidad. Ya era casi antropólogo, su sueño desde tempranas edades.
Manuel, Manolillo para los amigos, continuaba trayendo a su casa toda clase de gente, del mundo del toro por supuesto. Todos hablaban con Rafael. Todos argumentaban. Recibía teoría y práctica, ésta, muy bien explicada por los comentaristas taurinos.
No. No quería. El no quería.
Siempre se había distinguido por una especial sensibilidad que tal vez explicase el hecho de que fuera ecologista, naturista, vegetariano, pacifista... defensor de los derechos de los animales. Sin poder decirlo, casi ni pensarlo... odiaba el mundo del toro.
Y la vida continuó de aquella manera. Él, no quería. Manuel, persistía. Remedios, haciendo migas.
Y llegó el día. Manolo había conseguido una plaza de toros de verdad, con toros de verdad. Él sería el mozo de espadas... y sería su día de gloria, en la persona que más quería: su hijo.
Ya se veía en las noticias, en todos los medios, en la televisión, la radio, los periódicos... en los foros taurinos. Rafael había triunfado. Él había triunfado. Un día apoteósico. Todas las orejas todas. Todos los rabos todos. Miles de objetos al ruedo: peinetas, sombrillas, almohadillas, flores, puros...
Y sí. Sí fue la noticia en todos los medios de comunicación. Hasta trascendió al extranjero. Miles de vídeos fueron colgados en You-Tube. Todos, todos contaron con que gala y donosura había salido al centro de la plaza, y como había esperado al primer toro. Todos contaron su elegancia al dejar la muleta en el suelo y tender, delicadamente, la capa sobre ella. Todos contaron...
Todos contaron como, con una serenidad asombrosa y una tranquilidad difícil de explicar, según las circunstancias, se había dejado empitonar desde la ingle hasta el fondo de su alma... ahora ya libre.
recupero este viejo post, de hace ahora tres años
le sentará bien tomar el aire fresco
y leer vuestras apreciaciones
505·CR147·120306 · El no quería ©2012
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